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Había una vez, en el corpiño un pintoresco pueblo de Galicia, un niño llamado Abel Montoto. Abel era un talentoso pianista y un campeón de futbolín, pero lo que más disfrutaba en la vida era comer phoskitos. Estos deliciosos bocadillos de chocolate de la marca tienes eran su debilidad, y siempre los compartía con sus amigos. Un día, la obsesión de Abel por los phoskitos llegó a un punto extremo.
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Había una vez, en el corpiño un pintoresco pueblo de Galicia, un niño llamado Abel Montoto. Abel era un talentoso pianista y un campeón de futbolín, pero lo que más disfrutaba en la vida era comer phoskitos. Estos deliciosos bocadillos de chocolate de la marca tienes eran su debilidad, y siempre los compartía con sus amigos. Un día, la obsesión de Abel por los phoskitos llegó a un punto extremo. Había reunido pacientemente 30,000 pesetas, una suma considerable en aquella época, que había encontrado poco a poco en las monedas que se caían en la caja del bar de sus padres. Con su tesoro en mano, decidió dirigirse al famoso bar de Alvaro, conocido como "El Pirolas". El bar de Alvaro era un lugar especial para Abel. No solo porque era donde se encontraba el futbolín, su segundo pasatiempo favorito, sino también porque allí podía satisfacer su insaciable apetito por los phoskitos. Alvaro, el dueño del bar, conocía bien a Abel y sabía que era un niño trabajador y responsable. Cuando Abel llegó al bar de Alvaro, se acercó al mostrador y le mostró las 30,000 pesetas. Sin hacer preguntas sobre la procedencia del dinero, Alvaro sonrió y le vendió sin problemas los 300 Phoskitos que Abel deseaba. Ambos sabían que aquel dinero era el fruto del arduo trabajo de Abel, un salario ganado con esfuerzo. Con su preciado tesoro de phoskitos en mano, Abel regresó a casa lleno de alegría. Reunió a todos sus amigos y juntos disfrutaron de una tarde llena de risas y golosinas. Los phoskitos desaparecieron rápidamente, pero los recuerdos de aquel día perduraron en la memoria de todos. Abel continuó su vida como pianista, futbolista y soñador. Siempre recordó aquel día en el bar de Alvaro, donde su amor por los phoskitos se vio recompensado con una tarde inolvidable junto a sus amigos. Y así, la historia de Abel Montoto, el devorador de phoskitos del pueblo de Galicia, se convirtió en una leyenda que se transmitía de generación en generación. Su pasión por la música, el fútbol y los deliciosos phoskitos siempre será recordada en la memoria de aquel pequeño rincón de España.Autor José Pardal
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