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La mangosta, la cobra y la langosta Érase una vez una mangosta que vivía en la sabana africana. Era muy valiente y astuta, y le gustaba explorar el territorio en busca de aventuras. Un día, se encontró con una cobra que estaba tomando el sol en una roca. La mangosta se acercó sigilosamente, dispuesta a atacarla. ¡Hola, serpiente venenosa! - le dijo la mangosta con burla -. ¿No tienes miedo de que te coma? ¡Hola, ratón peludo! - le respondió la cobra con desprecio -.
La mangosta, la cobra y la langosta Érase una vez una mangosta que vivía en la sabana africana. Era muy valiente y astuta, y le gustaba explorar el territorio en busca de aventuras. Un día, se encontró con una cobra que estaba tomando el sol en una roca. La mangosta se acercó sigilosamente, dispuesta a atacarla. ¡Hola, serpiente venenosa! - le dijo la mangosta con burla -. ¿No tienes miedo de que te coma? ¡Hola, ratón peludo! - le respondió la cobra con desprecio -. ¿No tienes miedo de que te muerda? ¡Ja, ja! - se rió la mangosta -. Yo soy más rápida y ágil que tú. Puedo esquivar tus colmillos y morderte el cuello. ¡Ja, ja! - se burló la cobra -. Yo soy más fuerte y poderosa que tú. Puedo enroscarme y estrangularte. Así empezó una feroz pelea entre la mangosta y la cobra. Se lanzaban mordiscos y golpes, se esquivaban y perseguían, se insultaban y amenazaban. Ninguna de las dos quería rendirse ni huir. Mientras tanto, cerca de allí, una langosta estaba buscando algo de comer. Había llegado hasta la sabana arrastrada por una corriente de agua desde el mar. Estaba muy asustada y confundida, pues no conocía aquel lugar ni a sus habitantes. De pronto, vio a la mangosta y a la cobra peleando. ¡Oh, qué horror! - exclamó la langosta -. ¿Qué están haciendo esas dos criaturas tan extrañas? ¿Por qué se atacan así? La langosta se acercó con cautela, esperando encontrar una oportunidad para escapar. Pero cuando llegó junto a la roca donde estaban la mangosta y la cobra, estas se dieron cuenta de su presencia. ¡Mira! - gritó la mangosta -. ¡Una langosta! ¡Qué rico manjar! ¡Mira! - exclamó la cobra -. ¡Una langosta! ¡Qué delicioso bocado! Y las dos dejaron de pelear entre ellas para lanzarse sobre la langosta. La pobre crustáceo no tuvo tiempo de reaccionar. Se vio atrapada entre las fauces de la mangosta y las mandíbulas de la cobra. Y así terminó su vida. Moraleja: No te metas en peleas ajenas, pues puedes salir perjudicado. Autor José Pardal
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